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Cuento: La Esquina.
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Ya las gotas de sudor en su frente
brillan con luz propia...
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De mi caldo de gallina, que alimenta
primero mi nariz, puedo reconocer, por los
aromas que se elevan, el color de las
plumas de la gallina. Así que dime lo que
sabes, que te voy ha oler con atención.
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Quise tocarle el brazo, pero dobló la
esquina rozando con el hombro del saco la
columna, fue en ese parpadear del tiempo,
cuando veo sacar polvo de la pared
amarilla, que hay un desgaste
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Llegué aquí destacado por la necesidad.
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-Señor, señor... espere -pero el hombre
forzaba el paso, como si tuviera más prisa.

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Cuento: La Selva.
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Caminaba presuroso, la distancia parecía
larga para mis intestinos, pero
extrañamente los sudorosos cerdos, que
merodeaban en el campamento, conocían mi
destino y gritándose unos a otros me
seguían con algarabía y cuando más me
acercaba a la letrina elevada, más
chanchos se reunían. Al subir las
escaleras vi hacia abajo y por un
momento pensé que estrenaba letrina,
pero no, al cerrar la rustica puerta
entendí, simplemente era la mesa servida
de los cerdos...
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Cuento: La Selva.
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Allí, en el centro de la plaza, en medio
de ese pedazo de tierra asentada,
descuidada y polvorienta, como bailando,
tal vez danzando, indeciso, sin saber a
donde ir, despertando a las hojas,
dándoles vida prestada, conjurándolas
para que se alegren, haciéndolas volar
y girar a los acordes de su caprichosa
voluntad, rodeados por un velo de polvo,
acompañadas con las palmas de las mas
alejadas, aún aletargadas del sueño, no
tienen muchos ánimos de participar y sólo
se animan a dar vueltas, arrastrándose
alrededor, sin fuerzas para levantar
vuelo, así un remolino me hipnotiza,
haciéndome girar en un segundo infinito,
mientras despierta y levanta los
recuerdos de mi niñez...
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